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No pasa nada

Abres la puerta intempestivamente, como de costumbre, y me sorprendes ahí sentada en la cama, con la sábana cubriendo mi piel hasta las axilas. Y descubres un montón de lágrimas azules que iluminan la habitación y se van regando por mi cara, trazando rutas que van a parar a mis hombros y mis brazos. Me preguntas: - ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? Y yo respondo con voz opacada y moribunda: -NADA, no pasa nada, no tengo nada. NADA = pasa que, aunque reuniera todas las palabras para explicarte lo que me pasa, nunca podrías entenderlo, no podrías porque no eres yo, no puedes ponerte en mis zapatos, no puedes sentir lo que mi corazón siente, no puedes ver lo que yo veo, no puedes traducir mi dolor a tu propio lenguaje, algo tan sencillo y obvio como eso. Pasa que no puedo evitar sentir el miedo que se extiende desde la punta de los pies y camina destrozando cada nervio y cada ilusión. Pasa ELLA. Pasa que no puedo hacer que me quiera, y pasa que tengo pavor de que acabe sin si...

Las verdaderas injusticias

Hablemos de injusticias, pero de las verdaderas, de esas que te dejan deseando ser un dios cualquiera, con un mínimo poder para voltear la verdad del mundo al derecho. Hablemos de lo injusta que es la vida, que permite a manos asesinas cumplir con su cometido, mientras que a las mías y a las tuyas les niega la posibilidad de acariciar las pieles que desvelan nuestros sueños. Injusta, porque a ciertas lenguas les permite injuriar y blasfemar, mientras que a la tuya y a la mía, les niega la visa para deslizarse por los cuerpos que hacen reaccionar y crujir de deseo a nuestras entrañas. Mil veces injusta la existencia y sus alrededores, porque nos hace creer dueños y señores, cuando en realidad somos lacayos mal pagados, marionetas de papel en constante caída en picado. Injusticia que no tengamos alas, que no podamos volar hasta destrozar los límites impuestos por las ansias de poder y de control. La verdadera injusticia es que no podamos volver al pasado para...

El artista triste

El artista triste emprendió el viaje de su vida. Un día, hastiado de tantas musas de plástico, tomó su lienzo, sus pinceles y pinturas y se fue descalzo hasta la orilla del mar. Una vez allí, mirando hacia el azul y horizontal infinito de agua y, empuñando en sus manos la arena fina y nacarada de la playa, dejó rodar por sus mejillas todas las lágrimas que tenía presas en aquella cavidad ocular de paredes claras y pestañas abundantes, mientras miraba al cielo, articuló un grito, como símbolo de desesperanza, le dolía tanto, que quedó tendido allí, a solas, en compañía de los milagros que su angustia le impedía ver. Las olas lo arroparon, lo protegieron, acariciaron su piel, como si fuese lo más frágil y puro de este mundo. La partitura de su arte se fundió con el agua. Cuando volvió de aquel letargo, de esa muerte momentánea, se encontró de frente con ella, con esa mujer, que era todo lo que había soñado, se encontró con ...