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Hasta que den las 2 de la tarde



Un mundo de gente y voces caminando entre nosotras.
Tú: sentada de espaldas a mí, con tu celular en la mano, respondiendo algún mensaje de alguien a quien sí notas.
Yo: aprendiéndome tu vestida espalda de memoria,
admirando los gestos del lado de tu cara que te tengo a mi disposición,
tratando de imaginar lo que pasa por tu cabeza,
detallando la ropa que llevas puesta,
mirando tus manos pequeñas, soñándolas puestas en alguna parte de mi cuerpo,
preferiblemente en mis mejillas, al filo de un beso.
Pasan por mi cabeza miles de hazañas, miles de actos impúdicos -todos en esa sala quedarían pasmados si supieran lo que pienso-,
pero a mí sólo me interesa que estés de acuerdo, que con una mirada me dijeras que sí a todo.

Te noto molesta, un poco callada, tal vez ese mensaje fue una mala noticia,
no te haces una idea de cómo me gustaría abrazarte y decirte que todo estará bien…

Sigo con la torre interminable de pensamientos:
Quisiera conversar largamente contigo, que me cuentes un poco más de ti: tu color favorito, lo que no soportas, lo que amas, tus sueños… lo que piensas de mí.
A la vez que pregunto, trato yo misma de dar respuestas, respuestas que te conviertan en la mujer que siempre he querido para mí…
Aunque estoy loca, no soy tan ingenua como parezco, imagino yo misma esas respuestas, porque el pedacito de cordura que queda dentro de mí, me da el permiso para saber que esa conversación tiene todas las estadísticas a favor de la improbabilidad; pero no me importa, ya estoy embarcada en el viaje y pienso disfrutarlo hasta que den las 2 de la tarde.

Así que sigamos:
Me gustaría saber qué dice el tono dulce de tu voz, cuando estás apunto de tener un orgasmo.
Si duermes, abrazas o comes después de hacer el amor.
Me gustaría ver tu cuerpo desnudo, frente a mí, mirándome con deseo, invitándome, con el dedo índice, a ir hacia él.
Me muero por cogerte debajo de la ducha, en el mar, en un bosque, en la sala, en la cocina, en cada bendito lugar que este mundo tenga para ofrecernos.

Ya vislumbro la escena:
Yo, abrazándote por detrás, con mis manos en tu cintura, besando con suavidad tu hombro izquierdo, tu cuello, mientras mi pelvis roza tus nalgas. Tus ojos cerrados, como símbolo de aprobación por lo que pasa, tu mano derecha agarrando la mía y llevándola un poco más hacia abajo…

De repente escucho a alguien decir mi nombre, es hora de irnos, el implacable reloj marca ya las 2 en punto de la tarde…
Sonrío con los ojos cerrados, con un poco de rubor en mi cara y me digo a mí misma: “No te preocupes, ya habrá tiempo de sobra para la continuación de todo esto.”

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