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Cuarentena

Enero lo presentía, por eso se resistía tanto a acabarse, se defendió con uñas y dientes, pero el tiempo terminó ganando la reñida partida. Quién iba a decir que después de tanto rogarle que caminara rápido, terminaríamos pidiendo al cielo para que volviese y se detuviese por 366 días más. Febrero fue el mejor aliado en esta conspiración contra el capitalismo, pasó a toda velocidad sin que pudiésemos verle la cara. Las calles son el sinónimo del apocalipsis que tanto nos mostró el cine y del cual yo me burlé alguna vez. En las noches, los postes de luz emulan a los zombies y el sonido del silencio es la música incidental en toda esta película que es de género tragicomedia. Estamos infestados de tiempo. El tiempo se derrama por cada orificio de nuestros cuerpos. Ya no hay droga para contenerlo, todas ellas dejaron de hacer efecto. Ese que antes no teníamos, ese que antes embriagábamos con los afanes del mundo, ahora irrumpe en nuestra vida como un maremoto, uno sin ...

Inventario de amores

El primero en la lista fue C., de cejas y ojos de negra y profunda belleza; de boca rojita, pequeña y deliciosa. Por C. aprendí a pronunciar todo tipo de mentiras dulces, justo como dice Shakira en su canción “Antología”. C., mi primer amor de los trece años, mi primer beso torpe detrás de un camión, mi primera ilusión. C., a quien dejé ir cuando ya no pude contener mi verdadero ser. Después siguió S. Tuve una historia de amor con sus ojos, los llevaré conmigo hasta el día que muera, porque las cosas que inspiran hay que guardarlas en el cofre eterno de la memoria y regarlas con flores todos los días. A S. le debo mi poesía, le debo muchos placeres, pero también le debo el dolor propio de las cosas que se anhelan y no se pueden tener. Le debo a S. una confesión de amor que, de haberse realizado en aquel pasado, nos tendría juntas, según afirman dos o tres testigos que presenciaron nuestra no historia de amor. S., si lees esto, quiero que sepas que te sigo queriendo, aunque no de la...

Carta para N.

Un sábado cualquiera, 00:14 hrs. Aquí me tienes, N. con la mirada clavada en un punto x del techo, con la taquicardia a velocidad luz, con la ansiedad a punto de dislocar mi pie izquierdo, incapaz de entregarme al sueño, con toda mi piel en estado de gelidez y hambre. Aquí agonizo, agonizo a causa de la peor enfermedad de todas: la que tú causaste, la muerte intenta hacerme suya, pero yo trato de engañarla, para que tome tu recuerdo y lo envuelva entre su negra y despreciable manta; es por eso que te escribo en la mente esta carta que toma cuerpo y vida gracias a la tinta amarga que emerge de mis ojos. Querida N.: ayer fuiste el fuego que entró por mi boca y me devolvió la vida, pero hoy eres el maldito hielo que devoró hasta la última gota de mi sangre. Ni todo el alcohol del mundo ha podido desintoxicarme de ti, te veo en el fondo de cada botella que tocan mis labios. Apareces sonriendo en el humo que sale de las colillas de los cigarros de los tra...

El viaje

Foto: Archivo personal Ayer, de camino a la playa pude ver un pedazo de tu boca en el reflejo solar que caía sobre el asfalto, para bloquear esa imagen, volteé para mi derecha y en medio de una hierba totalmente muerta, vi una mariposa de alas blancas y amarillas y recordé que me dijiste que en tu próxima vida querías ser una de ellas. Esquivé nuevamente el pensamiento, cerré los ojos, y apareció una galaxia negra y azul conformada por todas las letras de tu nombre. Sólo un pequeño sueño logró evadirte. Luego, en pleno viaje mar adentro, mientras miraba los tonos que colorean el agua, me pareció ver tu cuerpo enredado en un arrecife de coral y, para olvidar ese pensamiento, miré al cielo, pero también estabas allí, envuelta en una nube blanca, con una corona de aves adornando tu cabello. Al llegar al ansiado destino, me parecía verte en el tono de piel de cada nativo que cruzaba frente a mis ojos y para dejar de verte entré al mar, pero resulta que el agua tibia me...

¿Quién ha dicho que los poetas mueren?

Los poetas no mueren, Viven nadando para siempre entre la tinta con la que hicieron realidad sus poemas, viven dentro de las pupilas que hicieron el amor con sus letras, viven en la piel de los amantes que se encontraron gracias a ellos. Los poetas no mueren, viven en los cabellos de la musa que los inspiró, viven en la luna que les tendió la mano en sus madrugadas cargadas de resaca existencial, viven también en el mar que con sus colores les pintó las tristezas. No, los poetas no mueren, trascienden en la sonrisa de un corazón que vuelve vida y filosofía sus creaciones, se perpetúan también en los gestos que hace el cielo a través de las nubes. Los poetas no mueren, viven en forma de canción, hablan a través de los arpegios de un piano, de las cuerdas de una guitarra o un violín. Los poetas no mueren, viven en las lágrimas que hacen propio su sentir, viven en el insomnio de los que aman en silencio. ¿Quién       ...

Con pronóstico indefinido

Llueve a cántaros, el día tiene un aspecto bastante gris, el canto dulce de los pájaros se disipa con cada gota de lluvia que cae sobre esta mañana. Los carros transitan sin ganas, arrastrando consigo las aguas sucias y los pesares de quienes van al volante. Llueve a cántaros,   y yo me arrastro por una vía en la que no hay risas, sólo caras mutiladas y deformes. Las flores son las únicas que aparentan felicidad, los colores brillantes que forja el agua en ellas las vuelve lírica en el estado más puro. Llueve a cántaros, y aunque escampe, dentro de mí seguirá lloviendo, caerá mucha más agua que en la atmósfera externa, agua que vendrá con nieve, con ácidos, con tormenta eléctrica, con vientos destructores, rebosando los túneles oscuros de la memoria y del dolor. Seguirá lloviendo dentro de mí con pronóstico indefinido.

No pasa nada

Abres la puerta intempestivamente, como de costumbre, y me sorprendes ahí sentada en la cama, con la sábana cubriendo mi piel hasta las axilas. Y descubres un montón de lágrimas azules que iluminan la habitación y se van regando por mi cara, trazando rutas que van a parar a mis hombros y mis brazos. Me preguntas: - ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? Y yo respondo con voz opacada y moribunda: -NADA, no pasa nada, no tengo nada. NADA = pasa que, aunque reuniera todas las palabras para explicarte lo que me pasa, nunca podrías entenderlo, no podrías porque no eres yo, no puedes ponerte en mis zapatos, no puedes sentir lo que mi corazón siente, no puedes ver lo que yo veo, no puedes traducir mi dolor a tu propio lenguaje, algo tan sencillo y obvio como eso. Pasa que no puedo evitar sentir el miedo que se extiende desde la punta de los pies y camina destrozando cada nervio y cada ilusión. Pasa ELLA. Pasa que no puedo hacer que me quiera, y pasa que tengo pavor de que acabe sin si...