Su mirada reflejaba cierto aire de soledad, se veía arrugada y casi aniquilada, era fácil leer en ella un poema de absoluta tristeza. Él había estado tanto tiempo solo, que ya no tenía la más mínima noción de cómo sonaba un corazón enamorado. Pronto lo invadió una ráfaga de desesperación, de ansias por encontrar a aquella mujer, objeto de sus quimeras doradas en mitad de la noche. Sabía que bajo ninguna circunstancia podía sumergirse en el vaivén de otras vidas, sin haber probado en esta, los placeres de cohabitar otro cuerpo. Cerró sus ojos negros, cuya fiel compañía eran unas preciosas y pobladas cejas negras que escondían un universo paralelo dentro de ellas; y empezó a imaginarla, a nombrarla, a soñarla, a pintarla con su mente, a volverla de carne y hueso, a hacerla palpable a los sentidos. La dibujó con unas extensas cabelleras azuladas, en las que flotaban barquitos de papel con miles de historias de amor escritas en ellos. Por un instante se detuvo a contem...
“Y la poesía es eso que nos asombra y nos nombra, que nos taladra las sienes como un balazo.” Raúl Gómez Jattin