sábado, 1 de abril de 2017

Cuando me vaya


De esta vida me iré con un corazón a reventar:
me llevaré la adrenalina y el frío de manos, propio de las primeras veces,
guardaré en la memoria colectiva del universo, la primera vez que me encontré con el mar y sus ojos color azul profundo;
aquel primer beso, improvisado y tembloroso, que tuvo el poder suficiente para iluminar un callejón oscuro y sin encanto alguno.
Me llevaré la imagen impecable del cielo en un atardecer de brisa fresca,
la impresión de perfección que dejaron en mis oídos el batir de las alas de mariposa,
la sonrisa de felicidad de un recién nacido al ver el rostro de su madre.
Me llevaré el amor que sentí y las caricias incondicionales de las manos que me gestaron en su vientre;
el nerviosismo que invadía a mi cuerpo cada vez que me encontraba con ciertos ojos en cualquier avenida o calle de esta pequeña ciudad.
Me llevaré el placer singular que sólo da la música,
el sentimiento sin nombre que produce compartir el alma y la piel con otra piel y otra alma;
la calma indescriptible que brinda un encuentro con el silencio.
Me llevaré también la sal de las lágrimas, tan necesarias y catárticas;
el dolor en las tripas propio de las carcajadas extremas,
y los momentos de baile loco bajo los afectos desinhibidores del alcohol.
Me llevaré las letras que creó mi mente y aquellas que salieron a gritos de bocas ajenas,
la emoción de los nuevos aprendizajes y la bella inocencia de la niñez,
la liberación que da la verdad y la calidad de inesperado y sorpresivo de todas las cosas que valen la pena.
Me llevaré las veces que me enamoré en la calle, en el bus, en un almacén de cadena o en una sala de espera;
la impotencia de no poder esconder el sonrojo de mi cara, frente a las miradas fijas de la atracción o la vergüenza.
Me llevaré aquel sentir de nostalgia y añoranza de tiempos pasados,
el sinsabor de aquellas cosas o personas que pudieron ser, pero que al final no fueron;
el olor de la tierra tocada por la lluvia y el perfume que susurra la hierba recién cortada.
Llevaré a cuestas el color y la textura, extrañamente bellos, de los besos del amor.
Y por último, y no por eso menos, me llevaré tu arma secreta, tu esencia, tu mayor fortaleza y mi peor debilidad: el recuerdo, el matiz y la forma de tu mirada, las valiosas horas de vida que me proporcionó el poder conocerla y el brillo y la ilusión que le contagiaste a una existencia siempre rota y agónica.

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