sábado, 30 de julio de 2016

El lado izquierdo de mi cama




Hoy me levanté por el lado izquierdo de mi cama
y no fue hasta que tomé el primer sorbo de café
que me di cuenta de que me amaneciste doliendo más que nunca.
Miro las paredes que me rodean
en busca de respuestas valientes,
respuestas que me hablen fuerte,
que me griten y me digan que no eres real,
que eres un tonto juego que mi cabeza ha inventado;
respuestas que te desalojen de mi mundo en un chasquido imperceptible.

No importa cuántas veces grite tu nombre en mi mente,
lo cierto es que no te vas a aparecer en frente de mi ventana
para darme los buenos días y servirme el desayuno.
Tengo que reaccionar,
hacerme a la idea de que no habrá un “tú y yo”,
de que no habrá una palabra conformada
por la combinación de nuestros nombres.

Tengo que pellizcar a mis sueños para que despierten
y hagan frente a esta jodida realidad que me atraviesa,
una realidad monótona y pesada en la que cuesta respirar,
regada con matices de recuerdos antiguos de ti,
que se me han ido acabando
y ya no son suficientes para alimentar mis circunstancias actuales.

Mis ojos ya ni siquiera lloran tu ausencia,
ellos comprenden mejor que yo
que nunca fuiste mía,
que todo fue ficción narrada por mi corazón,
un atrevido que quiso fijarse en ti sin mi permiso.

Tengo que hacerme a la idea
de que no despertaré contemplando
los puntitos de color café que empiezan desde el centro de tu nariz y se riegan hasta tus pómulos;
aunque me duela,
tengo que aceptar que fuiste y seguirás siendo irrealizable;
tengo que empezar a explicarle a mi cuerpo
que las promesas que le hizo mi corazón
no se cumplirán jamás: nunca seremos uno solo,
nunca podré hacerte sentir de qué está hecho mi amor.

Ya no habrá chance de que compartamos un beso en los labios,
un agarrón de manos,
un helado en una tarde de domingo,
o un martes por la noche contándonos tonterías que nos hagan felices;
ya no podré besar tu cuello mientras te susurro al oído
palabras calibradas a punta de pasión.
Nunca podré escucharte decir que soy el amor de tu vida.

La nuestra fue una historia que se negó a ser.

Todos estos hechos
forman un repertorio gigante de dolor
que se ha enraizado en lo más profundo de mi alma
y para el cual no hay reparación.

Me deseo toda la suerte del mundo
sin duda la necesitaré,
no será nada fácil despegar de mi pecho
las utopías que se tejieron en torno a ti.

De ahora en adelante seré puntos suspensivos
aguardando a que el alcohol, los cigarros, las lágrimas, la lluvia, la música y los días con sus noches,
se encarguen de apaciguar el huracán de emociones que fomentaste en mí.
Otra vez me despido de ti,
haciéndome fuerzas
y esperando que ésta
sea la última y definitiva.

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