jueves, 31 de diciembre de 2015

Misiva a tu recuerdo



                                                             

Y aquí estoy yo… con todo mi ser revolviéndose en una cama que le queda pequeña, en medio de la oscuridad que ofrecen las once de la noche, al son de una bizarra pero encantadora y tibia melodía que da abrigo a mi alma; trato de encontrar los porqués de todos los ¿por qué? que vagan en mi corazón cual almas en pena.

De repente, osan llegar a mi mente dos valientes preguntas:
¿Cuál fue el momento preciso en que empecé a idolatrar tus ojos? ¿Qué fue eso que vi en ti y que provocó que mi corazón se acelerara un centímetro más de lo que solía latir?

Tengo que decirte, muy a mi pesar, que en este instante me encuentro destrozada en pedacitos que no se pueden contar ni aunque me prestaran un ábaco conformado por todas las estrellas de este universo y los otros que existen… ¿El motivo? Verás… me aflige excesivamente el hecho de no tener el poder sobre este cuerpo y esa alma que dicen ser míos, pero que no me dicen cuál es la parte exacta de mi existencia que siente “esto” que no tiene nombre, ese “nada” y ese “todo” que no pueden ser expresados con un lenguaje que mi boca conozca.

Quisiera tener en mis manos el poder de volver NADA todo este sentir que me mantiene ambicionando tu presencia en cada día de mi vida.
Quisiera borrar tu cara de mis pupilas en un abrir y cerrar de ojos, pero tu recuerdo tiene una fuerza inexplicable, inquebrantable, ¡se resiste el condenado!

Estoy convencida de que el amarte y no tenerte, es el castigo que me corresponde por haber roto tantos corazones en otras vidas y en esta, pero en mi defensa debo decir que quien me juzgó se excedió en mi condena: una cadena perpetua recordando a un espejismo, siendo torturada por una ilusión -muy hermosa por cierto- pero ilusión al fin y al cabo.

¡Carajo¡ No sé si maldecirte o bendecirte… de la mano de tu sonrisa descubrí lo que significa el A-M-O-R; pero por ti, cada espacio sensible de mi vida ha experimentado el dolor implacable que causan los látigos de la ausencia y la soledad; el peso de las cosas que se sienten, pero que no pueden ser dichas.

Me invade un monumental deseo de poder poseer esas llamadas arenas del tiempo, pero con esta pretensión se enciende otro dilema: no sé si las utilizaría para evitar conocerte o para sostener tu mano, acariciar tus mejillas con mis labios, llevar un mechón de tu cabello por detrás de tu oreja, mirarte tierna y profundamente y regalarnos un dulce e inolvidable primer beso.

A veces te odio, pero las veces en que te amo ganan con una ventaja ridículamente incalculable.
Te amo tanto que, aunque suene a cliché, puntualmente te pienso al acostarme, mientras duermo y cuando me levanto… y no, no es bonito que esto me pase, porque es como si estuvieras en otro mundo completamente distinto al mundo en el que yo vivo, lo único que sé de ti es silencio, lo único que puedo tocar de ti es tu abandono y todo lo que tengo de ti es tu miserable olvido.

¡Déjame en paz! Dile a tu recuerdo que vuelva a ti.
Dile a tu cara que por favor me permita dejar de verla en cada canción que escucho, en el café que tomo cada mañana, en todos los aromas que percibo, en la sonrisa de los niños que juegan en la calle, en cada verso que leo, en cada nube blanca que miro, en cada sueño y en cada pesadilla que tengo.

Eres la contradicción más grande y bonita que ha tocado experimentar, el motivo de mis lágrimas y la causa de mis sonrisas; la razón primera de mis placeres y también el detonante de todas las decepciones que empañan mis años.

Esto que me pasa contigo es grave, es peor que tener a todos mis miedos reunidos en un mismo cuarto y burlándose de mi cobardía.
A esta hora, reniego de ti, de todo lo que siento, de lo que me atrae hacia ti, de tu imagen, de tu cara, de tu dulzura, de tu cabello, de tus caderas, de tus manos, de todo lo que representas para mí.

A ti, artífice de mi todo, antes de despedirme te pido: dame el antídoto para curarme de ti y te suplico en letras mayúsculas: ¡VETE! VETE, BENDITA… ¿O MALDITA?


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